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El respeto se gana

El respeto se gana

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Por Fernando Romero

Hace algunos días un familiar que aún no llega a los 30 años debió realizar algunos trámites en una comisaría de Lima; la experiencia que vivió este joven adulto lamentablemente sirvió para que perdiera el poco respeto que aún mantenía frente a quienes en teoría deben ser los principales proveedores de seguridad.

Debo decir que la experiencia no tiene nada de dramática, sin embargo muestra, de manera clarísima, la manera como un sector de los servidores del Estado, alimenta la incertidumbre y desconfianza que reina en la vida diaria del ciudadano común y corriente que habita en la ciudad.

Para hacer el trámite, el referido familiar debió brindar sus datos generales y el número de teléfono de su domicilio, y quedó en regresar al día siguiente para recoger la constancia que estaba gestionando. No había pasado más de media hora de esto cuando una llamada a su casa quiebra la rutina matutina. Al otro lado de la línea telefónica un desconocido, dando nombres completos y descripción física del protagonista de este artículo, informaba que este había sufrido un accidente y que requería de un apoyo urgente. Algo no calzaba en la información que brindaba el mensajero, cosa que hizo dudar a quien contestó la llamada. Efectivamente, era una falsa alarma, pero ya el susto había sido vivido por las personas con quienes se había compartido el suceso, incluido el supuesto accidentado.

Por una serie de razones que no vienen al caso explicar, para alguien que no lo conozca, no es fácil relacionar el número de teléfono con el nombre del joven. Era casi seguro que la llamada provenía de alguna de las personas que tenían acceso a la información que brindó en la comisaría en cuestión.

Tal como decíamos antes, al día siguiente, el "accidentado" tenía que ir a recoger la constancia que necesitaba. Al recibirla no tuvo mejor ocurrencia que dejar olvidada, encima del escritorio del suboficial, su billetera. No tardo en darse cuenta y regresar.

Consultado el suboficial, respondió diciendo que una señora la había encontrado y se la había entregado. El despistado joven, luego de escuchar esto, no tuvo duda alguna sobre que, cuando recibiera el objeto perdido, no encontraría el dinero que tenía en la billetera y que no tendría ninguna utilidad hacer evidente la mentira del uniformado.

Luego de lo acontecido, lo que joven sintió fueron sentimientos muy distintos al respeto y la seguridad. Uno o varios malos policías consiguieron que, ante él, toda la institución quedara al mismo nivel que un ladrón callejero. De ese modo pasó a formar parte del grupo de ciudadanos que cruzan los dedos para no tener que visitar nunca una comisaría.

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